Cartografías huidizas

Delimitar el espacio a través de mapas ha sido la manera de sistematizar y racionalizar el entorno para el hombre moderno. La pintura no ha sido ajena a este deseo. Como respuesta, el campo del arte contemporáneo ha hecho suya la obsesión del cartógrafo. Pero más allá de creer en la fe de la razón, ahora se vislumbran como inútiles aquellos intentos en fijar lo que permanece en eterno movimiento.

La exposición ÆNVERS GIRONA_Mapes intangibles mostrada en el Bòlit. Centro de Arte Contemporáneo (Gerona), toma el mapa como instrumento de comunicación abierto. Mientras tanto, las políticas culturales se esfuerzan por diseñar y administrar la cultura buscando rendimiento político y económico y vaciando de contenido social todo mensaje.

La necesidad de limitar el espacio, de crear mapas y cartografías como una manera de sistematizar y racionar el entorno, ha sido y es una obsesión para el hombre moderno. El geógrafo de Vermeer, pintado entre 1668 y el 1669, es una reflejo de la impotencia y ansiedad del hombre por aprehender el territorio.

Durante el siglo XVII, como muestra Vermeer, se desarrolló un interés creciente por la cartografía. Los mapas permitían conocer el territorio. Esto se traducía en una extensión de poder estratégico sobre rutas comerciales y territorios en conflicto.

El geógrafo de Vermeer, entre mapas e instrumentos de medición, mira a través de la ventana, tal vez pensando en la imposibilidad e inutilidad de captar y reducir en papel aquello que se encuentra en contínua transformación.

El deseo por la ordenación aniquila el devenir espontáneo del ser urbano, dinámico e impredecible por definición. Proyectos como el de ÆNVERS GIRONA_Mapes intangibles en Bòlit toman la cartografía como método de investigación urbana y el mapa como instrumento de comunicación abierto y en mutación constante; unas herramientas que sirven para reflexionar sobre la ciudad y su papel fundamental para entender la cultura contemporánea.

Estas cartografías subjetivas e intangibles exploran las posibilidades de herir la ciudad tradicional y, en su lugar, revelar simultáneamente todo su potencial como territorio de conflictos y como espacios donde construir libremente nuestra manera de estar y facilitar que crezca lo inesperado.

La reacción a las formas rutinarias y cotidianas de interpretar y transitar la ciudad había sido también planteada por la deriva situacionista. Este movimiento entendía que la práctica cultural no debía ser sólo un reflejo de la cultura existente, sino que debía adoptar una posición crítica y debía ser la prefiguración de nuevas formas organizativas que sirvieran para plantear una relación subversiva con la vida cotidiana de la ciudad capitalista contemporánea.

Es en esta ciudad donde la cultura contemporánea juega en estos momentos una de sus batallas más importantes. Podemos pensar en cómo los responsables de las políticas culturales están decididos a crear un mapa artístico donde todo encaje y responda a una máxima: optimización (económica, se entiende) de los recursos; desechando cualquier iniciativa que venga del ámbito social y desactivando cualquier práctica que cuestione los fundamentos sociales, políticos y administrativos del sistema. Son éstos los que consideran que la cultura es aquello construído desde arriba y que se ofrece, quizá como poso de su educación en la caridad cristiana, a la “masa”.

La “administración” de la cultura, como explica Jorge Luis Marzo, o la implementación de la política cultural como sustituto de la cultura conlleva “la derivación del necesario conflicto que genera la práctica cultural hacia el consenso impuesto-siempre inflacionario-que determina la política cultural. Una política que admite un solo tipo de complejidad, la que procede a su propio método. En esta derivación tortuosa se ​​escondió un recorrido neoliberal que garantizaba la despolitización de las prácticas artísticas y culturales en favor de una marca de gestión y productividad administrativa, que se venía aliñando culturalmente.”2

Quizás el geógrafo de Vermeer ya se debatía en algo que, siglos más tarde, Borges entendió a la perfección y que reflejó en el pequeño relato Del rigor en la ciencia: “Menos adictas al estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y los inviernos. En los desiertos del oeste perduran despedazadas ruinas del mapa, habitadas por animales y por mendigos; en todo el país no hay otra reliquia de las disciplinas geográficas.” 1. La pregunta ahora es, cómo podremos superar aquella vanidad pseudointelectual de los que se sienten más cómodos en la representación que en la realidad, confundiendo el mapa con el territorio y olvidando que las palabras no son lo que llaman.

Beatriz G. Moreno


1 Borges, Jorge Luis: Del rigor en la ciencia, en la sección Museo de El Hacedor, 1960.

2 Marzo, Jorge Luis: La era de la degradación del arte y de la política cultural en Cataluña, 2012. Traducción del catalán de Àlex José Recoder.

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goldenfarmers / revista de crítica de arte

https://goldenfarmers.wordpress.com/

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