El arte de mover pieza

En el libro de Pablo Helguera, artistas, críticos, comisarios, marchantes, coleccionistas y directores de museo se mueven por el campo del arte como si éste fuera un tablero de ajedrez: cada uno asume un rol y una capacidad de movimiento dada influenciando el movimiento o cerrando el paso de las otras fichas en el juego.

 Pablo Helguera es un artista conceptual afincado en Brooklyn. Fundador de un archivo sonoro de lenguas muertas y de un instituto para la investigación del impacto social de las teleseries rosas venezolanas. Para coronar su irreverencia Helguera publicó en el 2007 uno de los betsellers que más éxito han tenido en las librerias de museo de Nueva York.

El libro de Helguera está escrito en un estilo llano, es de lectura fácil y consumo rápido, en la tradición del manual práctico de factura norteamericana. El autor describe la escena del arte contemporáneo con humor y incorrección política. Aporta una incisiva mirada de sus figurantes: artistas, críticos, comisarios, marchantes, coleccionistas y directores de museo.

Estos agentes son como las piezas del juego de ajedrez: cada una tiene una fuerza y una capacidad de maniobra dadas. Estas potencialidades pueden mermar o multiplicarse según la posición de la ficha en el tablero y su influencia con respecto a las otras piezas.

Así, el artista es la pieza con menor capacidad de movimiento –su rol es para Helguera parecido al del peón–.  Pero cuando éste alcanza el éxito –al llegar en el extremo opuesto del tablero– se transforma en reina, la pieza más fuerte. El artista entonces deja un poco de lado las manualidades para centrarse más en la política.

Este último rol, el de reina, es el más preciado del tablero de juego. Es la ficha con más libertad de movimiento y por tanto es la que tiene más poder de influencia sobre las otras. Para Helguera ésta pieza sería el coleccionista, las fundaciones de las Cajas de Ahorros y los fondos de los grandes museos.

Como en el juego del ajedrez, la misión de todas las piezas es capturar al rey, el director del museo. Entre sus funciones, el director configura el gusto del público, contribuye a aumentar el valor económico de una obra dada y cimenta el panteón de artistas qua pasan a la historia del arte. Capturar al rey significa ganar la partida, ya que el museo es el principal constructor de legitimidad a través de símbolos.

En otro sentido, el crítico de arte se asemeja al álfil. El álfil posee un cierto poder moral. Tiene largo margen de acción y paradójicamente poca capacidad de maniobra en las distancias cortas. Su principal cualidad es la de restringir el movimiento a las otras piezas. Pero el crítico no tiene poder material y en última instancia es una pieza domesticada al servicio de las figures con gran poder dentro del juego.

La regla de oro señala que el crítico nunca tendría que morder la mano que le da de comer. Las pocas veces que lo hace es por desconocimiento del mundo de relaciones que se dan en la escala superior o bien para servir como justificación a una pretendida libertad de opinión de los medios.

Las imprecisiones del crítico y la ambigüedad de su lenguaje contribuyen a crear ruido para no parecer inoportuno, para no decir nada o para no decir lo que piensa. En otras ocasiones el crítico se limita a adjetivar positivamente a los artistas representados por el marchante.

El marchante, por su parte, se asocia discretamente con el director del museo público para provocar el ascenso de los precios de la obra de un determinado artista. El gran coleccionista puede contribuir también a la fluctuación de los precios comprando (hace que aumente el precio) o bien poniendo a disposición del mercado gran cantidad de obra –devaluando– la obra de un determinado artista.

La escena del arte se presenta como un sistema de relaciones de intercambio simbólico y material. Los agentes del arte conviven en un mismo tablero de juego en aras a ampliar influencia los unos sobre los otros y a prolongar su margen de maniobra dentro del campo social.

Xavier Calahorro

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