Prácticas artísticas en código abierto

Durante los últimos veinte años asistimos a una reactivación de las prácticas artísticas ligadas a las ideas de ciudad, ciudadanía y espacio público. Las relaciones que se dan entre estos tres vectores han puesto el arte al servicio de la comunidad y la comunidad al servicio del arte en un intercambio en el que es difícil establecer los límites que les separan.

Las prácticas artísticas y las prácticas socioculturales aparecen vinculadas a la ciudad en tanto que espacio público donde se negocia constantemente la representación, la participación, la visualización o el anonimato de la ciudadanía. Estas cuestiones fueron abordadas en las jornadas de la QUAM 2010 bajo el título Entre fisuras. Ciudadanos y prácticas artísticas en código abierto.

Las líneas de exploración trabajadas iban desde las experiencias planteadas como alternativas al conflicto entre ciudadanía y prácticas artísticas o el arte en el espacio social hasta otras propuestas de mediación en los conflictos de la ciudadanía en el contexto social, cultural y político.

Recientemente, el proyecto La Comunidad Inconfesable, comisariado por Valentí Roma y presentado en la Biennale di Venezia 2009, planteaba la imposibilidad de definir una comunidad. Tomando el libro de Maurice Blanchot, La communauté inavouable, como punto de partida, la comunidad se define como todo aquello que permanece fuera, que excluye y se excluye de toda comunidad constituida. Aquello indecible es lo que para Blanchot aporta el carácter excepcional a la comunidad, ya que no se habla desde la unicidad sino desde la multiplicidad de voces que se pisan, negocian, rechazan y mutan en cada instante.

La pregunta planteada ahora es ¿cómo se puede, desde las prácticas artísticas, representar aquello que se resiste a ser definido? Es, desde este espacio de exclusión desde el que las prácticas artísticas contemporáneas pueden trabajar. Es decir, desde las fisuras que hay, que están y que se generan. Son en estos no lugares en los que operan muchas de las propuestas artísticas pensadas en código abierto. El código abierto hace referencia a la posibilidad de construir conjuntamente significados y representaciones en la complejidad mutable del contexto local. Los proyectos realizados por Josep-Maria Martín, Laia Solé, Democracia o Torolab, entre algunos ejemplos ponen de relieve la emergencia de un nuevo contexto artístico y social que asiste a la desaparición de los modelos hegemónicos de la modernidad.

La crítica de arte Pilar Bonet apunta cómo muchas de estas prácticas artísticas impulsan la capacidad colectiva por definir sus espacios mientras cuestiona las jerarquías de la cultura dominante. No se trata de narrar la historia sinó generar dispositivos y situaciones en las que se pueda construir la historia:

“La noción de valor o de verdad se resitúa en el plano de la desmitificación y el desencanto por impulsar un nuevo proyecto artístico (…) El autor y sus cómplices ahora se preocupan de analizar las políticas de representación, la perversión de sus modelos, la fragilidad de la privacidad o la inutilidad de las categorías científicas.”

La tradición moderna había delimitado el espacio público como lugar de exteriorización, como lugar donde el individuo negocia y convive con otros. Una consideración que hoy entra en crisis, como señala Simon Sheikh:

“La noción de la esfera pública burguesa como espacio para ser consignado con igualdad de derechos y oportunidades como sujetos racionales y críticos ha sido, por descontado, una proyección cada vez más en retroceso en la actualidad”.

El espacio público es donde la sociedad desigual –la que existe, la que no es vista ni nombrada– puede expresar sus conflictos, hecho que permite al individuo urbano sentirse ciudadano y hacer de la ciudad un escenario de cambio político.

Así pues, el verdadero espacio público sería impredecible y no tendría lugar asignado. Este espacio -que no encaja en la morfología urbana planificada- es conflictivo para el estado-nación burgués. Un espacio que desborda verdad por sus fisuras, una verdad que siempre es revolucionaria.

La ciudad es espacio público, de acogida, integración y expulsión, es sobretodo, el lugar en el que todos los que la habitan ejercen como ciudadanos”. La ciudad, como diseño de grandes asentamientos, es el escenario donde se desarrolla la experiencia de contemporaneidad.

La ciudad no tendrá una identidad fija, ya que la heterogeneidad es su esencia. Lo urbano implica movilidad, equilibrios precarios en las relaciones humanas, yuxtaposición, y su destino es disolverse al cabo de poco tiempo de constituirse y volver a reagruparse constántemente sin territorios planificados.

El individuo “se hace” un ciudadano cuando interviene en la construcción y gestión de la ciudad, siendo, como dice Manuel Delgado, “un animal público”, un ser urbano. Este hecho, el ser urbano-lo urbano, es el término que mejor define la sociedad actual en tanto que representa la mejor forma de contemporaneidad.

En consecuencia, la relación global-local, nacional-universal afectan la lógica de la misma ciudad y , al mismo tiempo, las prácticas artísticas encuentran en la ciudad un espacio para la acción. “La ciudad ha puesto en evidencia que, pese a todo, su cuerpo está lleno de fisuras por las que se puede resquebrajar su soberbia. En esta perspectiva, la cultura contemporánea indaga las posibilidades de herir la ciudad tradicional y, en su lugar, revelar simultáneamente todo su potencial como lugar de conflictos y como lugar para construir libremente nuestra manera de estar en ella”.

Josep Ramoneda apunta como la pretensión de una identidad cerrada es un mal urbano porque excluye, Por tanto, lo que mejor define cada comunidad es la transitorialidad y movilidad de sus rasgos identitarios y más significativos. Cada grupo se destruye tan rápido como se crea uno nuevo.

Todo esto apunta como el peligro de hoy en día no es el conflicto, “sino la separación entre lo local y lo global, y a causa de ello, construir instrumentos globales desconectados de las sociedades locales”.

Lo que se trasluce de toda estas reflexiones es la ineficacia del diseño de dispositivos urbanísticos, culturales y artísticos sin atender a la heterogeneidad de una cultura en la que lo local y lo global están estrechamente ligados en una negociación identitaria constante.

Es precisamente esta tensión entre local y visitante, entre estar dentro y fuera de una o varias comunidades al mismo tiempo. Tal vez sea el situarnos expresamente fuera de aquello establecido lo que nos define como ciudadanos, como comunidad indecible, incalificable.

Beatriz G. Moreno

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