El d_efecto barroco / CCCB

Cualquier “defecto artístico” reside en la construcción de unos mitos y en la posterior legitimación como valores eternos e incuestionables de la cultura y el arte. Toda obra es política, quizás no por su contenido o su forma pero sí en tanto que está inscrita dentro de un sistema cultural y político.

Una de los cuestiones más insistentes en el arte contemporáneo de las últimas décadas es la de su funcionamiento como dispositivo crítico una vez instalado dentro de la institución que lo acoge. Si partimos del supuesto de que toda obra es política, debemos tener presente que toda manifestación artística está inscrita dentro de un sistema cultural y político.

Podemos comprobar cómo a lo largo de la historia, aristocracia, iglesia y burguesía han actuado de benefactores de las artes. Han costeando los gastos de las que hoy son aceptadas y difundidas como grandes obras, y a partir de ellas se ha forjado el mito del artista, del genio, de las grandes obras maestras y de la historia del arte.

¿Cómo no podemos concebir toda la historia artística y cultural como la ascensión y legitimación de unos significados elaborados al servicio de unos determinados intereses identitarios, nacionales, estratégicos o políticos? Así, pues, arte político es la Capilla Sixtina, el informalismo español, o el expresionismo abstracto norteamericano… todos ellos, y muchos más, movimientos impulsadas al servicio de unos intereses políticos enfocados, en su gran mayoría, hacia la construcción, consolidación y difusión del mito nacional.

El d_efecto barroco, exposición comisariada por Jorge Luis Marzo y Tere Badia en el CCCB, desenmascara el mito hispano, creado, sustentado y difundido a través de una forma artística: la del barroco. La exposición documenta la utilización del barroco como estilo homogeneizador que actuó como instrumento para administrar la memoria. Así, pues, quedan al descubierto los mitos y los dispositivos estratégicos al servicio de esta construcción nacional, los cuales se imponen como forma de legitimación.

¿Entonces, cómo podemos considerar el arte como expresión independiente, cómo pasar por alto, por ejemplo, que Barceló es hoy la más evidente –inolvidables imágenes las de la inauguración de la intervención del artista en la catedral de Palma– manifestación del arte al servicio del poder ejecutivo, eclesiástico y aristocrático?

El defecto del barroco, como el de cualquier otro estilo o tendencia artística – románico, romántico, informalista…– reside, como se apunta en el texto del catálogo, en “la ilusión y el fomento de la miopía, que puede llegar a constituirse en obra de arte y también en negocio de oculistas.” Por ello, no se trata de continuar construyendo imágenes y universos que enmascaren las estructuras caducas heredadas. Todos los mitos nacionales parten casi de las mismas premisas y se funden por similares procedimientos, cada uno con diversas formas de establecerse.

Los discursos que trabajan desde la intertextualidad o a partir de la suspensión de las ramificaciones legales y culturales de toda institución o poder, ofrecen la posibilidad de crear narrativas alternativas, no con la finalidad de sustitución de unos significados por otros, sino para impedir la cristalización de unos valores que se presuponen eternos para la cultura y el arte.

Beatriz G. Moreno

  • CCCB. Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Montalegre, 5. Del 9 noviembre 2010 al 27 febrero 2011
  • Publicado originariamente a la revista bonart núm. 134 (Desembre 2010)

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